El perro llevaba 4 meses gruñéndole a la misma pared del departamento, hasta que una noche Paola reventó en llanto y le gritó a su esposo que prefería dormir en la calle antes que seguir sintiendo que vivían encerrados con un secreto podrido detrás del yeso.
Desde que se habían mudado al viejo edificio de la colonia Roma, todo el mundo les dijo que habían tenido suerte. Un departamento amplio, con techos altos, ventanales antiguos y piso de madera original, en una zona donde ya casi nadie podía comprar nada sin endeudarse media vida. El precio había sido ridículamente bajo para lo que era, y el agente inmobiliario se los vendió como una oportunidad irrepetible. Les contó, apenas de pasada, que antes había pertenecido a una familia de mucho dinero, de esas que salían en sociales cuando la ciudad todavía le decía Distrito Federal al Distrito Federal. También les avisó que el perro venía “incluido”, porque el hijo del último dueño no quiso llevárselo.
A Paola le dio mala espina desde el principio que alguien abandonara así a un animal viejo. A Iván, en cambio, le pareció una tristeza más entre tantas. Ellos no tenían hijos, trabajaban demasiado y llevaban 7 años brincando entre rentas que les exprimían el sueldo. Aceptaron el trato. El perro, un mastín napolitano enorme, gris, de ojos tristes y piel pesada, se llamaba Sultán. Era viejo, sí, pero desde el primer día mostró una educación casi humana. No destruía nada, no pedía comida de la mesa, no se subía a los sillones. Caminaba despacio por el departamento como si ya conociera de memoria el lugar y sus recuerdos.
Lo raro empezó la 2ª tarde.
A las 6 en punto, Sultán se plantó frente a la pared del fondo de la sala, una pared ancha que daba hacia el norte y siempre estaba un poco más fría que el resto del lugar. Se quedó inmóvil, tenso, con el cuello estirado. Luego comenzó ese gruñido bajo, profundo, como si algo detrás del muro respirara y él lo supiera. No ladraba como perro escandaloso. Era peor. Sonaba como advertencia.
Paola dejó de doblar ropa y se quedó mirándolo.
—Iván, ven a ver esto.
Iván salió de la cocina limpiándose las manos.
—¿Qué trae?
—No sé. Desde hace rato está así.
Sultán no volteó a verlos. Seguía con la mirada clavada en un punto muy exacto, justo donde antes debió colgar algo grande, porque la pintura tenía una marca rectangular apenas visible.
—Seguro está desubicado —dijo Iván—. Pobre animal, acaba de perder su casa.
Paola quiso creerlo, pero la escena se repitió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente también. Siempre a la misma hora. Siempre frente al mismo muro. Primero gruñía 10 minutos, luego media hora. Después empezó a hacerlo por lapsos largos, como si la obsesión del perro creciera a la par de la angustia de ellos.
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