Lo llevaron al veterinario. Les dijo que, para su edad, Sultán estaba sorprendentemente sano. Le hicieron estudios, le revisaron vista, oído, articulaciones. Nada. Estaba bien. Regresaron con más preguntas que respuestas.
Intentaron cambiar los muebles de lugar.
Intentaron poner música.
Intentaron tapar la pared con una librera.
Intentaron ignorarlo.
No sirvió de nada.
Con el tiempo, el gruñido dejó de ser una rareza y se volvió una presencia. Paola trabajaba desde casa haciendo diseño para una agencia y llegó a un punto en que no podía concentrarse. Iván, que era contador y se traía encima el estrés de cierres, llegaba reventado y lo último que quería oír era ese sonido grave que parecía salir de una película de terror. Empezaron a discutir por tonterías: por los platos, por las luces prendidas, por quién iba a bajar la basura. Pero el verdadero pleito siempre estaba ahí, respirándoles encima como una humedad.
—Ese perro nos está volviendo locos —soltó Paola una noche, aventando una cuchara al fregadero—. No es normal, Iván. No me digas que es normal.
—Pues ya te dije que el veterinario no le encontró nada.
—Entonces hay algo en esa pared.
Iván soltó una risa seca, cansada.
—¿Qué quieres que haya? ¿Un fantasma?
—No sé qué haya, pero Sultán sí sabe algo.
El edificio también tenía historia. Lo sabía todo mundo. Se llamaba Edificio Balmori Real y había sido levantado en los años 50 para familias adineradas. El antiguo dueño del departamento, según les contó la vecina del 3°, había sido don Octavio Berrones, un empresario textil que en sus buenos tiempos tuvo fábricas en Puebla y Tlaxcala, amistades con políticos, chofer, palco en la Plaza México y una reputación de hombre durísimo. De su esposa se decía poco porque había muerto joven. De su hijo, en cambio, hablaban todos con la misma mezcla de desprecio y morbo. Se llamaba Rodrigo Berrones y era famoso por el casino, las fiestas, las viejas, la deuda y el escándalo. Cuando don Octavio enfermó, decían, el hijo apenas se aparecía. Y cuando murió, vendió el departamento casi regalado con tal de sacar efectivo rápido.
Eso también explicaba por qué Sultán se había quedado.
—Ni a un perro quiso llevarse —murmuró Paola cuando escuchó la historia.
La peor parte era que el animal seguía comportándose como un guardián. No de ellos. De esa pared.
Una tarde lluviosa, Paola estaba sola en casa cuando Sultán empezó a gruñir otra vez, más fuerte que nunca. Se acercó al muro con la piel erizada. Puso la palma sobre el yeso. Frío. No fresco: frío. Un frío seco, ajeno al clima de junio. Retiró la mano y sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Esa noche esperó a Iván con la cena servida, pero no lo dejó sentarse.
—Ya no puedo más. O derribamos esa pared o yo me voy unos días con mi hermana.
Iván levantó la vista, agotado.
—Paola, no podemos ponernos a romper una pared por un capricho del perro.
—No es un capricho. Yo también lo siento.
—¿Qué sientes?
—Que algo está mal ahí adentro.
Iván la miró un momento. La vio de verdad: ojeras, manos temblando, el coraje disfrazando miedo. Entonces volteó hacia la sala. Sultán ya estaba en posición, tieso frente al muro, con un rumor oscuro saliéndole del pecho.
Iván exhaló.
—Está bien. Mañana le hablo a un albañil.
Consiguieron a un maestro de obra recomendado por el conserje del edificio. Se llamaba Chucho, era de manos ásperas, pocas palabras y una paciencia de quien ya había visto de todo en obras viejas. Llegó un jueves gris con su herramienta, puso lonas, revisó la estructura y preguntó varias veces si estaban seguros.
—No me vayan a salir luego con que siempre no —dijo—. Derribar se derriba, pero luego hay que reparar.
—Hágalo —contestó Iván—. Lo que queremos es paz.
Paola sacó a Sultán al pasillo mientras empezaban. El perro no quería alejarse. Tironeaba con una fuerza absurda para su edad. Gruñía tan bajo que parecía temblar el piso. Iván tuvo que ayudarle a sostenerlo.
Chucho alzó el marro y soltó el primer golpe.
El yeso crujió seco.
El segundo golpe sonó distinto.
Hueco.
Los 3 se quedaron quietos.
Chucho frunció el ceño, dejó la herramienta y golpeó con los nudillos. Toc. Toc. Toc. Sólido a la izquierda. Vacío en el centro.
—Aquí hay algo —dijo.
Con más cuidado empezó a picar alrededor. Saltaron pedazos de yeso, luego ladrillo viejo. Al retirar el 3° ladrillo, salió del hueco una bocanada de aire helado, un aire seco, encerrado, con olor a polvo antiguo y tiempo muerto. Paola sintió que se le doblaban las piernas. Sultán soltó un jalón brutal y casi se les suelta.
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