—Ven. Te enseño a hacer un lazo.
El primer intento cayó al suelo. El segundo también. El tercero se enredó en sus propios pies.
Aurelio no se burló.
—Otra vez, mijo.
Emiliano lo miró sorprendido, como esperando un golpe.
Al intento número 15, el lazo cayó cerca del poste.
—Eso, campeón —dijo Aurelio.
Desde la puerta, Mariela se tapó la boca para no llorar.
Esa noche le contó la verdad.
—Su papá lo aventó contra una pared cuando tenía 6 años. Desde entonces casi no habla.
Aurelio cerró los puños, pero se tragó la rabia.
Ese niño no necesitaba coraje.
Necesitaba paciencia.
Y por primera vez en mucho tiempo, el rancho empezó a parecer una casa.
Pero en el pueblo, las lenguas comenzaron a moverse.
Una viuda con 4 hijos viviendo en el rancho de un hombre solo era demasiado chisme para dejarlo quieto.
Doña Leonor Varela, la presidenta del comité de la iglesia, empezó a decir que Mariela no era decente. Que quién sabe de dónde venía. Que esos niños estaban en peligro.
Pero el verdadero problema no era ella.
Era Evaristo Córdova.
El ranchero más rico de la zona llevaba años queriendo comprar el ojo de agua que cruzaba las tierras de Aurelio.
Y cuando supo que Mariela podía convertirse en su punto débil, mandó a su capataz.
—Don Evaristo dice que puede arreglar los rumores —dijo el hombre—. Solo tiene que sacar a esa mujer y venderle el agua.
Aurelio lo miró sin pestañear.
—Dile a tu patrón que si quiere mi agua, venga él. Y si va a hablar de Mariela, primero que se lave la boca.
El capataz sonrió.
—Luego no diga que no se le avisó.
A la mañana siguiente, una patrulla llegó al rancho con doña Leonor y un funcionario del DIF.
Venían por los niños.
Y Mariela, al ver el papel que traían en la mano, se puso blanca como si acabaran de arrancarle el alma.
PARTE 2: Para obtener más información,continúa en la página siguiente
El funcionario leyó el documento en voz alta, parado frente al corredor del rancho.
Decía que Mariela Ríos era una madre negligente, sin domicilio fijo, sin ingresos comprobables y sospechosa de exponer a sus hijos a una situación “moralmente riesgosa”.
Doña Leonor se acomodó el rebozo con una expresión de falsa pena.
—No queremos hacerle daño a nadie, don Aurelio. Solo pensamos en los niños.
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