No era 1 día.
Eran varios.
Esa noche, después de limpiar el gallinero y lavar los trastes sin que nadie se lo pidiera, Mariela salió al corredor con la bebé en brazos.
—Le mentí —confesó.
Aurelio no habló.
—No comimos ayer. Ni antier. Fueron 3 días. Le dije a Lupita que dijera menos, para que usted no pensara que éramos basura.
Aurelio sintió un nudo en la garganta.
—Nunca pensé eso.
—La gente siempre piensa algo.
Él miró hacia el cuarto de herramientas donde dormían los niños, cubiertos con cobijas limpias.
—¿De dónde vienen?
—De San Luis Potosí.
—¿Y el papá?
Mariela abrazó más fuerte a la bebé.
—Muerto. Aunque desde antes ya nos había dejado hechos pedazos.
No había odio en su voz.
Solo cansancio.
Durante los siguientes días, Mariela trabajó como si quisiera pagar cada tortilla, cada vaso de agua y cada minuto de techo. Limpió corrales, remendó camisas, regó el huerto seco y jamás pidió nada.
Lupita cuidaba a sus hermanos con una madurez que dolía. Toñito guardaba su taza en el bolsillo como un tesoro. Sol empezó a recuperar color.
Y Emiliano, el niño callado, pasaba horas mirando a un caballo gris llamado Relámpago.
Una tarde, Aurelio se acercó con una cuerda.
—¿Te gustan los caballos?
Emiliano no respondió.
Aurelio le puso la cuerda en las manos.
Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.
