—Si tu madre está muerta, es por ti… así que hoy vas a arrodillarte frente a su tumba hasta que aprendas a pedir perdón.
Eso fue lo primero que escuchó Sofía Ramírez la mañana en que cumplió ocho años.
No hubo abrazo. No hubo pastel. No hubo una vela encendida ni una canción torpe en la cocina. Solo la voz seca de su padre, Alejandro, mientras le aventaba un suéter gris sobre la cama y le señalaba la puerta.
Sofía ya sabía lo que venía. Cada cumpleaños era igual desde que tenía memoria. Su madre, Mariana, había muerto el mismo día en que ella nació, por una complicación durante el parto. Desde entonces, en la casa de la colonia Portales, en la Ciudad de México, su nombre se pronunciaba como una culpa.
Los abuelos paternos se lo repetían sin disimulo:
—Una niña nace y una madre se va. No hace falta ser doctor para entender quién trajo la desgracia.
Alejandro nunca la defendía. A veces ni siquiera la miraba. Trabajaba todo el día en un taller mecánico, regresaba tarde, cenaba en silencio y luego se encerraba en el segundo piso, en una habitación a la que Sofía tenía prohibido acercarse.
Esa mañana, Sofía se agarró el estómago antes de levantarse.
—Papá… me duele mucho. ¿Hoy puedo no ir?
Alejandro se detuvo en la puerta. Sus ojos estaban hundidos, cansados, pero cuando la miró se endurecieron.
—¿Te duele? ¿Y crees que a tu madre no le dolió morirse por traerte al mundo?
Sofía bajó la cabeza.
No le dijo que desde hacía meses el dolor en el estómago era cada vez peor. No le dijo que una doctora de la clínica pública le había hablado en voz baja, con cara seria. No le dijo que había escuchado palabras que una niña no debería escuchar: tumor, estudios, urgencia.
Alejandro la llevó al panteón en Iztapalapa y la dejó frente a la lápida de Mariana. Era diciembre, el cielo estaba gris y el viento frío levantaba hojas secas entre las tumbas.
—No regreses hasta que yo vaya por ti —ordenó.
Sofía se arrodilló.
Vio la foto de su mamá pegada al mármol: una mujer joven, de ojos grandes y sonrisa tranquila. Durante años, Sofía había intentado imaginar su voz, su olor, sus manos. Pero lo único que conocía de Mariana era esa imagen congelada y la culpa que todos le habían colgado encima.
—Mamá —susurró—, perdóname. Yo no quería que te fueras.
El dolor le apretó el vientre como si una mano invisible le retorciera por dentro. Se dobló, respirando con dificultad. Nadie pasó cerca. Nadie preguntó si estaba bien.
Horas después, cuando el frío ya le entumía las piernas, decidió volver a casa. No porque desobedeciera. Porque pensó que, si de verdad le quedaba poco tiempo, al menos podía dejarle a su papá algo bueno.
Lavó la ropa sucia que encontró en el baño. Barrió el patio. Limpió la mesa. Con las monedas que había ahorrado durante meses, fue a la tienda de la esquina y compró verduras, tortillas y un pedacito de carne para que Alejandro cenara.
Al salir, vio una pastelería.
En el aparador había pasteles grandes con fresas, chocolate y crema. Sofía se quedó mirando como si fueran tesoros de otro mundo. Nunca había tenido uno. Ni siquiera una rebanada.
Entró con miedo y pidió el pastel más pequeño. Era redondo, blanco, con una fresa encima y una velita rosa.
Cuando llegó a casa, lo puso sobre la mesa. Encendió la vela con cuidado, juntó las manos y cerró los ojos.
Su primer deseo fue que su papá dejara de sufrir.
El segundo, que su mamá no la odiara.
El tercero, aunque sabía que era pedir demasiado, fue que el dolor se fuera.
Sopló la vela y probó una cucharadita de crema. Era dulce. Tan dulce que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Entonces la puerta se abrió.
Alejandro entró con el rostro sombrío. Vio el pastel. Vio la vela apagada. Vio a Sofía con la cuchara en la mano.
—¿Te atreviste a regresar? —dijo, con una calma que daba miedo—. ¿Tu madre bajo tierra y tú aquí celebrando?
—Papá, yo solo…
No alcanzó a terminar.
Alejandro avanzó, agarró el pastel y lo estrelló contra el suelo. La crema se desparramó sobre los azulejos. La fresa rodó hasta quedar junto al zapato de Sofía.
Ella se quedó inmóvil.
No lloró al principio. El golpe no había sido contra su cuerpo, pero algo dentro de ella se rompió igual.
Luego el dolor volvió, más fuerte. Sofía cayó de rodillas, abrazándose el estómago.
—No lo vuelvo a comer —suplicó—. Perdóname, papá. No me pegues. Ya me voy.
Alejandro levantó la mano, pero se detuvo. La vio pálida, temblando, con los labios morados. Por un segundo, algo raro cruzó su cara. Pero enseguida apartó la mirada.
—Vete al panteón —dijo—. Y no regreses hasta que yo lo diga.
Sofía salió sin suéter grueso, sin pastel y sin fuerzas.
Cuando llegó otra vez a la tumba de Mariana, la tarde ya se estaba cerrando. Se arrodilló sobre la piedra fría y apoyó la frente contra sus manos.
—Mamá… probé pastel —murmuró entre lágrimas—. Solo un poquito. Estaba muy rico. Ya no necesito más.
Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.
