En el hospital, la verdad salió a la luz poco a poco. No de golpe, sino a trozos que dolían más cuanto más se acumulaban.
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Una enfermedad crónica que había ignorado durante años. Síntomas que había restado importancia. Medicamentos que no podía costear con regularidad. Visitas al médico que faltaba porque el alquiler y la comida eran lo primero.
Y entonces, las palabras que me destrozaron por completo.
«Nunca hubo ninguna herencia», dijo en voz baja. «Mamá no nos dejó nada».
La miré, confundida.
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