Había reservado una mesa para diez personas para festejar sus 80 años. Pero la única persona que se le acercó en toda la noche fue el gerente… nomás para quitar las sillas que sobraban.
El restaurancito estaba a reventar este viernes por la noche: el cotorreo (la plática) se escuchaba con todo, el ruido de los cubiertos chocando y la música intentando tapar las voces de la gente. Pero en la mesa número cuatro, el silencio era tan fuerte que hasta dolían los oídos.
El gerente se paró junto a ella, con su libreta en la mano y una cara de cansancio que no podía con ella.
— Señora, usted misma está viendo… —suspiró, dándole de clics a su pluma bien nervioso—. Tenemos el lugar lleno y hay gente afuera esperando mesa. Si sus invitados de plano no van a llegar, tengo que mover estas sillas y separar las mesas. Si gusta, le puedo ofrecer un lugar en la barra.
Ella traía puesto su mejor vestido, de esos domingueros que uno guarda nomás «para las fiestas grandes». Y cruzándole el pecho, una banda brillosa que decía: «80 años y fabulosa». Vi perfectamente cómo le dio una mirada de reojo a las sillas vacías.
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