Recostada en la cama tras dar a luz, vi a Lina, mi hija mayor, abrazar con ternura a su hermanita. Su alegría por ser hermana mayor iluminó la habitación, hasta que susurró una frase inquietante: «Ahora tengo a alguien a quien confiarle mis secretos. Secretos que no le cuento a papá».
En aquel momento, lo atribuí a su desbordante imaginación. Sin embargo, esa frase se me quedó grabada, como una melodía discordante imposible de olvidar. Pasaron los días y Lina siguió jugando, inventando mundos, como hacen todos los niños de su edad. Pero una tarde, la sorprendí susurrando a sus muñecas: «No le decimos nada a papá. Es la regla». Cuando le pregunté qué quería decir, bajó la mirada, se puso nerviosa y salió corriendo a su habitación sin responder. Nada grave, quizás… pero una madre sabe cuando las cosas se ponen tensas.
Unas semanas después, al anochecer, la oí susurrarle a su hermanita: «Si papá pregunta, diremos que el monstruo solo viene cuando él no está». Sus palabras me helaron la sangre. Cuando le pregunté por ese «monstruo», describió una enorme sombra oscura que golpeaba las ventanas o se escondía en la cocina. Según ella, esa sombra hablaba con una voz que Lila —la bebé— «reconocía». Intenté tranquilizarla, diciéndome a mí misma que solo había sido una pesadilla, pero una inquietud sorda se apoderó de mí.
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