Pero Mateo levantó la cara y dijo algo que me partió:
“Papá siempre decía que no se espera para ayudar.”
Me llevé la mano a la boca.
Daniel decía eso todo el tiempo. Cuando un vecino se quedaba sin gasolina. Cuando una señora cargaba bolsas del mercado. Cuando veíamos a alguien empujando un coche bajo el sol.
“No se espera para ayudar, Lucía.”
Abracé a Mateo con fuerza, aunque estaba mojado y helado.
“Tu papá estaría orgulloso”, le dije.
Él se quedó quieto.
“¿Y tú?”
Esa pregunta me dolió más que la pérdida del paraguas.
“Yo también”, susurré. “Claro que sí.”
Esa noche le preparé chocolate caliente con demasiados bombones. Él se sentó en la cocina, envuelto en una cobija, mirando la taza como si hubiera hecho algo malo.
“Le dije dónde vivíamos”, confesó. “Por si quería devolverlo.”
Yo asentí, aunque algo dentro de mí se resistía a tener esperanza.
Cuando Mateo se durmió, fui a la entrada. El gancho donde antes colgaban las llaves de Daniel, su gorra y luego el paraguas de Mateo, estaba vacío.
Toqué el metal frío.
“Sé que estarías orgulloso”, murmuré. “Pero yo quería que volviera a casa.”
Tres mañanas después, abrí la puerta para recoger el periódico.
La taza de café se me cayó de las manos y se estrelló contra el piso.
El jardín delantero estaba cubierto de paraguas abiertos.
Cuarenta y siete.
Formaban filas perfectas desde la banqueta hasta el limonero. Debajo de cada paraguas había una caja blanca con un número pintado en la tapa.
Del 1 al 47.
“¿Mamá?” dijo Mateo detrás de mí.
“¡No pises!” grité. “Hay vidrio.”
Entonces vi a Doña Tere, la vecina de enfrente, grabando con su celular.
También había más gente en la banqueta. Algunos sonreían. Otros transmitían en vivo.
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