Historia: Trabajé Toda Mi Vida En El Cementerio… Y Lo Que Viví No Se Lo Deseo A Nadie.

Tres.
Siempre tres.
Siempre a la misma hora.

No era el viento.

La canción que nadie cantaba
Una noche oí una voz femenina cantando desde dentro del osario. Una melodía suave, como una canción de cuna. Cuando abrí la puerta… no había nadie.

Entonces volvieron los golpes.

Corrí a casa con el miedo clavado en los huesos. Mi madre me dijo algo que nunca pude borrar:

“Cuando abres una puerta, hijo, nunca vuelves a estar solo”.

La flor negra
Después de eso, el cementerio cambió.

Una mañana apareció una flor negra sobre una tumba recién cerrada. Nadie había entrado. Nadie la había puesto.

Las estatuas parecían moverse.
Las velas se encendían solas.
Las cruces caían sin que nadie las tocara.

El lugar estaba… atento.

La niña de blanco

La vi una tarde entre la niebla.

Una niña descalza, vestida de blanco, frente al osario.

—¿Por qué los entierran así? —me preguntó—. Nunca pueden dormir.

Cuando parpadeé, ya no estaba.

Pero regresaba.
Siempre los lunes.
Siempre con la misma pregunta.

La tumba que no debía existir
Una madrugada la niña señaló algo en la neblina.

Una tumba sin nombre.
Cubierta de tierra fresca.
El ataúd abierto.

Dentro no había cuerpo.
Solo un vacío que parecía tragarse la luz.

Y desde allí una voz grave dijo:

“Aún no he terminado”.

El nombre borrado
Busqué en los registros.

Una página rota.
Un año: 1872
Un nombre casi borrado: Padre Anselmo Rivas

Don Hilario palideció cuando lo mencioné:

“Ese nombre no se dice aquí. Fue enterrado en secreto. No debía descansar en este lugar”.

Había símbolos extraños en los documentos.

Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.