Los pasos apresurados del ingeniero Garza se escucharon en las escaleras. Cuando llegó al pasillo, la escena lo paralizó. Paola lloraba lágrimas falsas de cocodrilo, exigiendo que sacaran a “la empleada insolente” y que enviaran a las “mocosas salvajes” a un internado en Suiza esa misma noche.
Alejandro, luciendo más derrotado que nunca, se volvió hacia Valeria.
—Señorita, le pedí que viniera a limpiar, no a causar más problemas. Tome sus cosas y retírese. Le pagaré el día completo.
Valeria tomó su mochila. Podía irse. Tenía el recibo de la luz vencido y la colegiatura retrasada. Podía tomar el dinero, salir por la puerta y olvidar a esa familia rica y rota. Pero miró a la niña de 5 años, que apretaba el suéter de su madre contra su rostro empapado en lágrimas. La pedagogía, la humanidad y el sentido de justicia de Valeria le gritaron que no podía dejarlas solas.
Soltó la mochila. La dejó caer al suelo con un golpe seco.
—Me voy a ir, ingeniero —dijo Valeria, su voz proyectándose con una autoridad que obligó a Alejandro a mirarla a los ojos—. Pero antes, usted me va a escuchar. Porque es evidente que en esta casa sobra el dinero, pero falta un hombre con pantalones para enfrentar su propio dolor.
Alejandro abrió los ojos, atónito. Nadie le hablaba así al director general de Garza Logistics.
—¿Qué se atreve a decirme? —murmuró él, entre la ira y la confusión.
—La verdad que sus hijas llevan 2 semanas intentando gritarle destrozando las paredes —respondió Valeria sin titubear—. Usted contrató 37 niñeras para que le controlaran a sus hijas porque le aterra mirarlas a la cara. Le aterra ver que tienen los mismos ojos que su esposa muerta. Y en lugar de sentarse en el piso a llorar con ellas, de abrazarlas en su duelo, trajo a una desconocida a su casa para intentar llenar un vacío que está matando a estas niñas en vida.
—¡Cállate, muerta de hambre! —gritó Paola, dando un paso para abofetear a Valeria.
Pero Valeria le sujetó la muñeca en el aire con una fuerza implacable. La miró con profundo desprecio y la soltó bruscamente, haciéndola tropezar hacia atrás.
Valeria se volvió de nuevo hacia Alejandro.
—Ellas no son niñas problema. Son 6 hijas huérfanas que sienten que perdieron a su madre en un accidente y a su padre por culpa de la cobardía. Rompen la casa porque es la única forma de evitar que esta mujer borre el rastro de la persona que más amaban. Usted no necesita una niñera, ingeniero. Y definitivamente no necesita a una prometida de adorno. Estas niñas lo necesitan a usted. A su padre.
El silencio cayó sobre la mansión Garza como una losa de plomo.
Alejandro miró a Paola, que se arreglaba el cabello con indignación, quejándose de su uña rota. Luego miró a sus 6 hijas. Las vio realmente por primera vez en 2 meses. Vio las ojeras oscuras en el rostro de Romina. Vio a las gemelas temblando. Vio a su niña de 5 años abrazando el suéter de Mariana como si fuera un salvavidas en medio del océano.
El muro de cristal que Alejandro había construido alrededor de su corazón se hizo añicos.
La corbata de diseñador pareció asfixiarlo. Se la arrancó con un movimiento brusco y la tiró al suelo. Dio un paso hacia Paola.
—Empaca tus cosas —dijo Alejandro. Su voz era un susurro áspero, pero cargado de una determinación absoluta.
Paola soltó una carcajada nerviosa.
—¿Qué? Mi amor, no le harás caso a la gata de limpieza, ¿verdad? Yo soy tu futuro…
—¡Dije que empaques tus malditas cosas y te largues de mi casa! —rugió Alejandro, un grito desgarrador que hizo eco en las paredes de mármol.
Paola palideció. Sin decir una palabra más, dio media vuelta y corrió a su habitación a llenar sus maletas de diseñador, dándose cuenta de que la fantasía de la vida millonaria se había esfumado.
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