El millonario que despidió a 37 niñeras en 14 días nunca imaginó el oscuro secreto que una empleada doméstica descubriría sobre sus 6 hijas

PARTE 1

En apenas 14 días, 37 niñeras habían huido despavoridas de la imponente mansión Garza, una fortaleza de cristal y concreto ubicada en la zona más exclusiva de San Pedro Garza García, Nuevo León. Algunas salieron llorando en silencio, ocultando su rostro. Otras cruzaron el pesado portón de seguridad gritando que jamás pondrían un pie allí de nuevo, sin importar cuántos miles de pesos les ofrecieran.

La niñera número 37 escapó con el costoso uniforme hecho jirones, pintura de aceite color rojo embarrada en el cabello y un terror absoluto congelado en la mirada.

—¡Esa casa está maldita! —le gritó al guardia de seguridad mientras la barrera electrónica se levantaba—. ¡Dígale al ingeniero Garza que contrate a un exorcista o a un domador de fieras, pero no a una niñera!

Desde los inmensos ventanales de su despacho en el 3 piso, Alejandro Garza observó cómo el Uber de la mujer desaparecía por la avenida arbolada. A sus 38 años, Alejandro era el fundador de un imperio logístico que valía miles de millones, un hombre que aparecía en las portadas de revistas de negocios, pero en ese momento, el agotamiento le pesaba en cada facción del rostro. Se frotó los ojos cansados y miró de reojo la fotografía familiar sobre su escritorio. Su esposa, Mariana, sonriendo de manera radiante, rodeada por sus 6 hijas.

—37 en 2 semanas… —murmuró para sí mismo, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Qué demonios hago ahora? Ya las perdí por completo.

Su teléfono vibró sobre la caoba. Era su asistente personal.

—Ingeniero, tengo malas noticias. Las 4 agencias de personal doméstico más exclusivas de Monterrey acaban de boletinar su domicilio. Nadie quiere enviar niñeras. Dicen que el ambiente es insostenible y peligroso.

Alejandro soltó un suspiro pesado que empañó el cristal frente a él.

—Entonces que no venga ninguna niñera.

—Queda 1 alternativa —sugirió el asistente con cautela—. Una agencia de limpieza profunda. Tienen a una joven disponible hoy mismo. Al menos servirá para recoger los escombros mientras pensamos en una estrategia.

Alejandro miró hacia el jardín trasero: figuras de porcelana destrozadas, muebles de jardín en el fondo de la alberca y ropa fina esparcida por el pasto.

—Mándala. Quien sea que tenga el valor de cruzar esa puerta.

A más de 20 kilómetros de ahí, en una colonia popular de la zona metropolitana, Valeria Montes, de 24 años, terminaba de atarse el cabello en una coleta firme. Valeria pagaba su carrera en pedagogía limpiando casas de lunes a sábado. Cuando su supervisora le ofreció un pago triple por un servicio de emergencia en San Pedro, Valeria miró el aviso de corte de luz en su mesa y su desgastada mochila escolar. No lo pensó 2 veces.

Una hora después, Valeria estaba frente a la mansión de 3 pisos. Por fuera, era un palacio moderno, pero al cruzar la puerta principal, el escenario era dantesco. Había grafitis en los muros de mármol, jarrones de diseñador hechos añicos y un silencio tenso, casi eléctrico. Alejandro la recibió brevemente en el vestíbulo, le ofreció un cheque en blanco por su discreción y se encerró en su despacho, huyendo de su propia realidad.

Apenas Valeria tomó su cubeta, un estruendo brutal provino del 2 piso. No era el sonido de niñas jugando. Era furia pura. Subió las escaleras con cautela y, al llegar al pasillo principal, se detuvo en seco.

Ahí estaban. 6 niñas y adolescentes, desde los 5 hasta los 16 años, bloqueando el pasillo. La mayor sostenía un palo de golf. La de 11 años apretaba unas tijeras de podar. Las demás tenían botes de pintura y miradas que destilaban un odio profundo y frío. Parecían un batallón dispuesto a matar.

—¿Eres la estúpida número 38? —escupió Romina, la mayor, golpeando el palo de golf contra la pared.

Valeria no retrocedió. Su instinto de futura pedagoga le dijo que algo no encajaba. Esa no era simple rebeldía por falta de límites. Era desesperación.

—No soy niñera —dijo Valeria con voz calmada, dejando sus cosas en el suelo—. Vengo a limpiar el desastre que hicieron.

—No estamos haciendo un desastre —respondió la niña de 11 años, apretando los dientes mientras lágrimas de rabia asomaban en sus ojos—. Estamos defendiendo nuestra casa. Y si no te vas ahora mismo, te juro que te vas a arrepentir.

Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.