Estaba almorzando en una cafetería tranquila cerca del hospital cuando noté que la camarera me miraba fijamente. No tendría más de veintiún años. Cabello oscuro recogido en una coleta. Manos nerviosas aferradas a su libreta.
Cuando se acercó, sentí un nudo en el estómago.
—¿Señora Collins? —preguntó suavemente.
—¿Sí?
Sus labios temblaron. —Me llamo…
Lo sabía.
De alguna manera, incluso antes de que lo dijera, lo sabía.
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