Mi hermano Gustavo tenía cuarenta y dos años y una historia larga y conocida: negocios que arrancaban con entusiasmo y terminaban en deudas, préstamos que pedía con promesas que nunca llegaban a cumplirse, y una habilidad extraordinaria para hacer que los problemas que él creaba terminaran siendo responsabilidad de otra persona. Generalmente, de mi madre. Ocasionalmente, de mí.
Mi madre, Cecilia, tenía sesenta y ocho años, una casa que había construido con mi padre durante treinta años de trabajo y que ahora, aparentemente, había vendido en cuestión de semanas para cubrir no sé cuántos meses de deudas acumuladas por su hijo favorito.
Yo tenía un apartamento de dos habitaciones en el cuarto piso de un edificio sin ascensor, un trabajo que me gustaba, una vida que había construido con mucho esfuerzo y muy poca ayuda de nadie, y la certeza repentina de que todo eso estaba a punto de ser invadido.
Respondí el mensaje.
«Yo también acabo de vender la mía.»
Lo envié antes de pensarlo demasiado. Luego abrí el portátil y busqué vuelos.
Puerto Vallarta. Solo de ida. Salida a las 7 de la mañana. Quedaba un asiento.
Lo reservé.
Quince minutos después sonó el teléfono. Era Gustavo.
Lo dejé sonar.
Volvió a llamar. Lo dejé sonar otra vez.
Al tercer intento lo contesté, no porque quisiera hablar con él, sino porque sabía que si no lo hacía esa noche seguiría llamando hasta las tres de la mañana.
—¿Qué hiciste? —fue lo primero que dijo. No hola, no cómo estás. Directo al punto, como siempre, con esa voz de quien considera que el mundo le debe una explicación permanente.
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