Salí de casa esa noche con una maleta preparada y una amiga esperándome afuera. Me dolía el brazo, sentía el corazón apesadumbrado, pero debajo de todo eso había una sorprendente sensación de alivio. No me marchaba enfadada; me dirigía hacia una vida donde mis esfuerzos y mi bienestar importarían tanto como los de cualquier otra persona. La recuperación llevaría tiempo, tanto física como emocionalmente, pero sabía que había tomado la decisión correcta. Aquella celebración de cumpleaños marcó el final de un capítulo y el comienzo de otro en el que ya no cargaría con todo sola.
