La carta continuaba.
Lo recordaba todo.
Mi costumbre de dibujar flores por todas partes.
Las canciones que cantaba cuando creía que nadie me oía.
La forma en que ocultaba mis sentimientos cuando me dolía algo.
«Quienes te quieren deberían saber dónde te duele», escribió.
Apreté la carta contra mi pecho.
Incluso después de diez años, Nora seguía entendiéndome mejor que nadie.
Entonces Leila abrió la suya.
Dentro había pequeños tesoros de su infancia y otra carta.
Mientras leía, las lágrimas corrían por su rostro.
«No eres mala», había escrito Nora.
«Tienes miedo. Hay una diferencia».
Leila se derrumbó por completo.
Durante años, había confundido su enfado con resentimiento.
Pensé que me culpaba.
En realidad, había estado sufriendo en soledad.
Finalmente, me miró.
«La extrañé muchísimo».
«Lo sé».
Su voz se quebró.
«Yo también te extrañé».
Esas cuatro palabras derribaron la barrera que nos separaba.
Rodeé la mesa y la abracé.
Por primera vez en años, ninguna de las dos se separó.
PARTE 3: El último regalo de Nora
Después de terminar de leer nuestras cartas, quedaba un paquete.
El que estaba dirigido a las dos.
Dentro había fotografías, una corona de papel doblada y un último sobre.
En el anverso, Nora había escrito:
**LEE ESTO EN VOZ ALTA.**
Leila rió entre lágrimas.
«Sigue siendo mandona».
«Era mayor», respondí.
«Por siete minutos».
Por primera vez en años, la broma nos hizo sonreír.
La carta comenzaba con un tono juguetón, imaginando nuestras vidas adultas y bromeando con nosotras, tal como Nora siempre lo hacía.
Luego el mensaje se tornó serio.
«Por favor, no dejen que me convierta en el espacio entre ustedes.
Me temo que cuando me vaya, solo verán lo que falta cuando se miren.
Pero no son las hermanas que se quedaron atrás.
Son Gia y Leila.
Son mis personas favoritas».
Las lágrimas empañaban cada palabra.
Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.
