Mi suegra tiró las cenizas de mi padre al inodoro, y mi esposo solo dijo: “Mi mamá hizo lo correcto”… esa misma noche descubrí que no querían borrar solo su memoria, sino a toda mi familia.

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Pero doña Elvira no tenía a dónde ir. Su casa había quedado reducida a ceniza, su esposo había muerto y sus manos no soltaban la urna ni para dormir.

Así que Lucía la llevó a la mansión.

La mansión que ella había comprado.

La mansión que Mauricio presumía como si fuera suya.

Cuando cruzaron la entrada, Bárbara dejó caer su taza de café sobre la mesa de cristal.

—¿Qué es esto? ¿Desde cuándo esta casa es refugio para viudas pobres?

Doña Elvira bajó la mirada.

—Solo serán unos días, señora. No quiero molestar.

—Molestar ya molestaste —respondió Bárbara—. Y esa urna no entra a ningún cuarto. Esta no es funeraria.

Lucía se puso frente a su madre.

—Mi mamá se queda. Y la urna también.

Mauricio bajó por las escaleras de mármol, vestido con camisa italiana, oliendo a perfume caro y cobardía.

Lucía esperó que la defendiera.

—Lucía, mi mamá tiene razón —dijo él—. Estás exagerando. Además, mis socios vienen mañana. No quiero que vean un altar de muertos en plena sala.

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Doña Elvira se encogió como si acabaran de golpearla.

Lucía instaló a su madre en la recámara de visitas. Colocó una foto de don Ramón, una veladora blanca y la urna sobre una mesa pequeña. Esa noche, doña Elvira rezó con la frente pegada a la madera.

Al tercer día, mientras Lucía preparaba caldo en la cocina, escuchó un grito.

Subió corriendo.

Bárbara estaba frente al altar, furiosa.

 

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