Mi hija me mandaba cien mil dólares cada Navidad, pero jamás volvió a abrazarme. Cuando crucé medio mundo para verla, la encontré viviendo como si yo ya estuviera muerta.

Esta vez no dudó.

—¿Sí, mija?

—Creo que… le vuelvo a conocer.

Sonrió.

Y yo entendí que a veces el amor no regresa como era.

A veces regresa distinto.

Roto en partes.

Pero vivo.

Y suficiente.

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