Le entregué mi chaqueta a una mujer que pasaba frío, y dos semanas después una caja de terciopelo puso mi mundo patas arriba.
Mis dedos tropezaron con pelusa. Un recibo. Un envoltorio de chicle.
Nada.
—¿Me das algo de cambio? —preguntó.
Su voz no era cortante. No era suplicante. Era un tono desgastado, como si no pidiera un milagro, sino que solo comprobara si la bondad aún existía en el mundo.
—Lo siento —dije, las palabras automáticas, desvaneciéndose ya mientras me dirigía hacia la puerta.
Pero no entré.
Algo me detuvo, a medio camino, como una mano en la espalda de mi abrigo. Me giré ligeramente y la vi con más claridad, la vi de verdad.
No era solo el suéter fino ni cómo el frío le había enrojecido los nudillos. Era su rostro. Parecía cansada, sí, pero no dispersa. No frenética. Sus ojos eran serenos, observadores, casi vigilantes, como si estudiara a la gente como se estudia la corriente de un río. Analizando. No pidiendo lástima.
Sentí el viento cortar de nuevo, con la fuerza suficiente para picar, y el pensamiento me asaltó de repente: Hace un frío que pela. Estás incómoda, y llevas varias capas de ropa. Ella casi no lleva nada.
