“¡No me empujes! ¡No te pegué! ¡No te insulté! ¡No me empujes!”, murmuró.
Su aliento olía a alcohol y miedo.
—Soy yo, Vasile. El niño está llorando. Duerme tranquilo —susurró Marina mientras le acomodaba la manta.
Al cabo de unos segundos volvió a dormirse.
Una breve y amarga sonrisa apareció en sus labios.
En los últimos años, Vasil había adquirido un mal hábito.
Regresaba en mitad de la noche borracho y enfadado.
Buscaba una excusa para provocar un escándalo.
Y entonces sus pesados puños caían sobre ella.
Sin motivo alguno.
Sin culpa.
Los niños lloraban.
Intentaban interponerse entre ellos.
La suegra estaba sollozando junto a la estufa.
Pero nadie pudo detener su ira.
«Ten paciencia, hija», decía la anciana por la mañana, mientras le untaba miel en los moretones del cuerpo a Marina. «Es todo un hijo de su padre. Que Dios lo perdone».
Pero una noche sucedió algo extraño.
Tras otro escándalo, Vasil se quedó profundamente dormido.
De repente, se oyó un fuerte estruendo procedente de la habitación.
Fue como si algo pesado hubiera caído al suelo.
Las vasijas de barro en los estantes temblaban.
Marina saltó.
Se oían gritos desde la oscuridad.
“¡Déjenme en paz! ¡Oh! ¡Ayuda!”
Cuando encendió la vela, vio a Vasil tendido en el suelo.
Su rostro estaba pálido de horror.
“¡Me derribaron!”, repetía. “¡Me pisotearon!”
“¿OMS?”
“¡No sé!”
Luego guardó silencio por un momento.
“Piescitos… Sentí unos piececitos en mi espalda…”
Miró hacia donde dormían los niños.
Todos estaban en sus camas.
La suegra negó con la cabeza.
“Estás soñando. Has bebido demasiado.”
Luego añadió en voz baja:
“O alguien te está castigando por tus pecados.”
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