“Gregory,
Te equivocaste. Y mucho.
Querías pruebas—aquí las tienes. Encontré los resultados originales. La prueba fue alterada. Y esta es la foto que hallé en el estudio de tu madre… Tú sabes lo que significa.
—Eleanor”
Gregory miró la foto. Era antigua. En blanco y negro. Un joven, idéntico al pequeño Oliver, de pie junto a Agatha Whitmore.
No era él. Era su padre.
Y el parecido era innegable.
De pronto, todo encajó.
El rechazo de Agatha. Su hostilidad hacia Eleanor. Los sobornos silenciosos al personal. Y ahora—la prueba manipulada.
Ella lo sabía.
Ella lo había hecho.
Gregory se puso de pie tan bruscamente que la silla cayó. Apretó los puños, y por primera vez en años, sintió miedo—no miedo al escándalo, ni a la reputación, sino a lo que él mismo se había convertido.
Había echado a su esposa. A su hijo.
Por una mentira.
Gregory irrumpió en la sala privada de su madre sin tocar. Lady Agatha estaba leyendo junto a la chimenea, y alzó la vista con cierto desprecio.
—Tú manipulaste la prueba de ADN —dijo, con voz de acero.
Ella alzó una ceja. —¿Ah, sí?
—Vi los resultados originales. Vi la foto. El niño—mi hijo—tiene los ojos del abuelo. Y los tuyos también.
Agatha cerró el libro con calma y se puso de pie.
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