Por una vez, no contestar, no me hizo sentir sola. Me hizo sentir en paz.
El día pasó volando: llamadas del banco, papeleo del sheriff Holt, vecinos que se acercaban lentamente a mi porche como si por fin supieran quién era yo.
La señora Pearson me dedicó un pequeño y torpe asentimiento.
Al atardecer, me senté en los escalones con la carta de la señora Higgins en mi regazo, con la sensación de que todo a mi alrededor había cambiado.
Cuando el porche volvió a quedar en silencio, extendí la escritura y su nota sobre mi regazo. Mi hija dio una patada y apoyé mi mano sobre ella.
—Gracias, señora Higgins —susurré al anochecer—. Se lo devolveré a otros. Lo prometo.
Una cálida brisa susurraba entre las hojas. Sonreí entre lágrimas y miré mi vientre.
—Lo logramos —susurré—. Estamos en casa, mi niña. Y ahora sé tu nombre.
Mabel.
