En la casa, lavó los platos. Barrió el patio. Dobló la ropa de su papá. Con las monedas que había guardado por meses en una cajita de galletas, fue a la tiendita y compró tortillas, 2 jitomates, un pedacito de queso y una vela rosa.
Al volver, pasó frente a una pastelería.
En el aparador había pasteles cubiertos de crema, fresas y chocolate. Renata se quedó mirando como si viera otro mundo.
Nunca había tenido pastel.
Ni una rebanada.
Entró con miedo y pidió el más barato.
Era pequeño, blanco, con una fresa encima.
Lo puso sobre la mesa de la cocina. Encendió la vela. Cerró los ojos.
Pidió 3 deseos.
Que su papá dejara de odiarla.
Que su mamá supiera que ella no quiso nacer para hacer daño.
Y que el dolor se fuera, aunque fuera tantito.
Sopló la vela.
Probó una cucharadita de crema.
Era tan dulce que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Entonces la puerta se abrió.
Esteban entró.
Vio el pastel.
Vio la vela apagada.
Vio a Renata con la cuchara en la mano.
Su rostro cambió como si alguien le hubiera echado fuego por dentro.
—¿Te atreviste a celebrar? —dijo en voz baja—. ¿Tu madre bajo tierra y tú aquí tragando pastel?
—Papá, yo solo quería…
No terminó.
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